25/8/23

El cine ha muerto, ¡qué viva el cine!

Veo el mundo en llamas y me siento optimista. Son dos informaciones separadas, pero equivalentes en importancia. Era importante que fueran presentadas así, juntas, hermanas. Porque además de ver el mundo en llamas veo gente a mi alrededor que sólo ve el mundo en llamas. No me es ajeno el deterioro de la industria. Todo es Disney, hasta lo que no parece. Como anticipaba el éxito que fue The Lion King (1994), “todo lo que toca la luz del proyector es de Disney”, o algo así. Hace mucho que no la veo. No ignoro tampoco los cambios en la oferta y el consumo, la masividad del doblaje cada vez mayor en Argentina me genera contradicciones; va gente al cine, ¡bien!, hay menos funciones de las subtituladas, ¡menos bien!

Hoy paseé por Lavalle y vi muchos cines cerrados. Eran catorce (infinitos), como diría el Minotauro en La casa de Asterión, cuento célebre del intelectual nacional por excelencia, Jorge Luis. Catorce, que es dos veces siete; y, por lo tanto, lo mismo que el infinito. En una charla sobre Beatriz Guido escuché de películas ocultas por la desidia, autoras asesinadas por el olvido. Pero ayer también escuché un podcast. De cine. Son dos canadienses, una estudió arte y la otra es socióloga. Se juntan a hablar de clásicos (y no tan clásicos) del cine de terror, cada una dando su perspectiva desde su campo de estudio. En las descripciones de cada capítulo incluyen bibliografía obligatoria (las películas de las que se va a hablar) y material complementario. Artículos, libros, otras películas. Una amiga escucha a un argentino, joven, no lo conozco. Otra amiga, diseñadora industrial, tiene su propio podcast, se junta con otras dos chicas y hablan. De cine. Hay un video ensayo de cuarenta minutos en Youtube, que se dedica a desarmar el guion de The Book of Henry (2017), realizado por un director canadiense. Una estadounidense hizo una serie de nueve videos de diez minutos analizando la saga Transformers desde diversos enfoques (teoría de autor, la mirada masculina, marxismo, por nombrar algunos). Veo catorce personas dialogando con el cine. Veo infinitos minutos de gente hablando de películas, de actrices, de guiones, de productores, de guionistas, de actores, de estudios, de bandas sonoras, de detalles ridículos, de teorías rebuscadas. Veo incontables horas de gente editando su propio trabajo. Veo años de imágenes recolectadas para acompañar sus palabras, y otros tantos para quienes además filman. Y no es sólo tiempo en crear, en buscar. Horas eternas también para defender sus trabajos; luchas contra el abuso de las leyes de propiedad intelectual. Veo artistas aprendiendo de leyes para poder subir sus videos a Youtube y  montajistas que tienen que sacar del aire maneras de modificar el material para eludir al todopoderoso algoritmo destructor.

Y me alegra porque todo ese tiempo es pasión. Son catorce personas, infinitas personas, que hablan de cine, que aman el cine. Se pelean, le discuten, discuten entre sí, le discuten a gente imaginaria que está en contra de lo que opinan. Veo vida para el cine. Hace poco vi un meme que decía que el nuevo “seamos una banda” era “hagamos un podcast”. Una parte del cine sí muere a la vez que nuevas ramas nacen. El arte no se pierde, sólo se transforma. 

por Julia B.