El mejor Darcy es el falso Darcy
por Julia B.
Años de destilación de un clásico dieron lugar a Austenland (2013). Son capas geológicas de versiones y reversiones de Orgullo y prejuicio, la novela de Jane Austen, las que dieron a luz esta síntesis maravillosa. Las dos versiones que más han permeado en nuestra sociedad han sido una adaptación cinematográfica del 2004, dirigida por Joe Wright, y una miniserie de la BBC de 1995. Existe una escena en particular; una escena que depende de tu grado de cercanía con Colin Firth puede que ya estés imaginando. Para el resto: en la serie de la BBC, donde Mr. Darcy es interpretado por Colin Firth, hay una escena célebre. Vive en nuestras mentes pero también está hoy en los cines; sin ir más lejos, en Barbie (2023) aparece. Lo más sólido de la imagen es la camisa blanca empapada de Mr. Darcy, encontrándose con Elizabeth Bennet (Jennifer Ehle) de casualidad. Una escena tan erótica y a la vez tan inocente que genera algo similar al efecto de cute aggression. Traducido es "agresión por ternura"; son esas ganas incontenibles de actuar sobre algo que nos resulta adorable o enternecedor, pero que no podemos poseer del todo. Suele asociarse a imágenes de animales bebés. Pero hay personajes que han sido bendecides con un halo de vulnerabilidad, que llevan a cierta audiencia a querer acercarse a la pantalla a contener a ese ser puro que actúa con ingenuidad. Mientras tiene la camisa blanca empapada.
Austenland (2013) es una película que fue y volvió un par de veces. Todavía me cuesta un poco acompañarla, la veo y la reveo y sigo sintiendo cosas. En general hay algo de terminar de ver una película que la mata un poco. Yo igual soy muy ingenua para ver películas, trato de creerles mucho y rápido, para sentir bien fuerte. Por eso las de superhéroes cuando no te tenés que tomar en serio que se mueren me cuestan: se muere uno y yo trato de ponerme en el lugar de un amigo cercano, o de algún familiar que habían mostrado antes. Trato de imaginar un poco la escena de un ser querido enterándose. Cómo sería su despertar al día siguiente cuando recuerde que su amigo ya no está. Duro. Y nada, a los veinte minutos se levanta y yo ya me comí el duelo, es agotador. Así que ya que voy a sentir mucho todo lo que me proponga la película, quiero que me quieran hacer sentir bien. Golosinas. Austenland es una golosina de autor.
La película, dirigida por Jerusha Hess, no pierde tiempo en establecer el tono. La fuente de los créditos transmite la justa mezcla entre una estética gótica pero juguetona, casi a lo cómic. Y para continuar... un infomercial de Austenland, sobre una experiencia temática basada en las novelas de Jane Austen. Una mujer con un disfraz de época (que no busca ocultar su condición de disfraz) abraza una oveja embalsamada mientras suena un efecto de sonido de balido. Hay películas que eligen tomarte de la mano delicadamente e ir alejándote lentamente del camino de la cordura y la verosimilitud, para permitir que la mayor parte de la audiencia pueda llegar al mismo lugar. Austenland sabe a quién le habla, y si lo de la señora disfrazada abrazada a la oveja embalsamada hablando de un parque temático de Jane Austen no te convenció, al menos te avisaron rápido. Para el resto, sólo nos anuncia delicias. Cuando los ojos no terminan de apreciar todo lo que ante ellos aparece pero vibran que en el rabillo todavía hay más por ver, es una revelación. Pienso yo "después me fijo" que rápidamente se vuelve el "después la veo de nuevo". Recién empieza y ya quiero volverla a empezar, porque siento que se me escapó un chiste en algún lado. Escribo esto luego de verla por cuarta vez y todavía veo cosas que no vi, escucho cosas que no escuché. Todavía voy cerrando cabos de una película que me invita a verla tranquila, pero me agradece que la vea atentamente.
Keri Russell interpreta a Jane Hayes, la protagonista de esta versión de Orgullo y prejuicio, a diferencia de la habitual Elizabeth. Jennifer Coolidge se lleva en este caso el nombre, y un poco también el protagonismo, pero era de esperarse. Coolidge interpreta a una de las damas con las que Jane compartirá su estadía en Austenland, Elizabeth Charming. El apellido que eligió para su estadía en Austenland le queda de lujo, "encantadora". Desde el primer momento en el que aparece es imposible eludir su encanto. La mujer es una bestia, todo lo hace a lo grande y con pasión. La manera que tiene de modular mucho sin mover la boca es un acto de magia que mejora cuando su acento araña lo británico. Y si de acentos se trata, Georgia King no se queda atrás, en su rol de tercera dama, Amelia Heartwright. Una de cada diez palabra da risa: las dice raro, las dice mal. No es ya ni un intento de inglés de Inglaterra, es más como una cantante haciendo ejercicios vocales bajo el agua. "Bossom sisters", "bósum sisters", hay algo de cómo lo dice que es simplemente gracioso. Es hermoso cuando todo el mundo sabe a qué vino. Esta película está llena de payasos. Los movimientos no son ni teatrales, son clown. Hay una escena en la que tanto los actores de Austenland, como las tres damas interpretan una obra. Y es el más absoluto caos, es como si la simulación de la simulación ya no pudiera sostenerse. No se sabía si quienes se tentaban y olvidaban los diálogos eran los actores, las actrices, los actores que actuaban de actores o si algo de esto estaba escrito en algún lado.
La película es una bella comedia. Es bonita de ver. Empieza horrenda, agobiante, ya de donde hay cubículos hay que escapar, dice el cine. Es fea fea al principio, pero es la gracia. Hasta que Jane no llega a Austenland que no se respira aire en los encuadres. Empieza el viaje y vamos al clasicazo de planos más abiertos. Ya lo digo, si no está roto no lo arregles. Porque además tienen lo qué mostrar. Desde los paisajes hasta las composiciones más plásticas, siempre hay lo qué ver.
Y también lo qué escuchar. De la música que hable la gente que sabe de eso, me voy a lo mío: los chistes. Desde diálogos a efectos de sonido, todo tiene chispa. Alguien tuvo que mezclar esas bandas de sonido para que dos conversaciones puedan completarse entre sí, incluso pisarse a veces, pero que se entienda todo, son coreografías sonoras. Y el guion coescrito por la directora junto con Shannon Hale es la materia prima. Es un deleite sentirse en tan buenas manos. No hay desperdicio, Austenland es peso neto.
Igual todo hay que decirlo. Donde hay chistes hay chistes que envejecen mal. Austenland no está libre de pecado. Pero qué comedia no lo está. Hay momentos genuinamente incómodos, pero pasan tan rápido como pasa casi todo en esta película, la clave está en "Sánchez no te enganches".
Acorde al panfleto, Jane viviría una experiencia digna de las novelas de Austen; la agencia le garantizaba la atención de un caballero a lo largo de su estadía así como una serie de actividades acordes a la época. La obsesión de Jane era particularmente con Orgullo y prejuicio, y cuando a la primera cena conoció a Henry Nobley (JJ Feild), ubicó rápidamente cuál de los candidatos era Mr. Darcy. El diálogo entre Jane y Darcy es eco de todos los otros diálogos entre todas las otras Elizabeth y todos los otros Darcy. Ella dice algo inocuo, él hace un comentario amargo por lo bajo, ella retruca con ingenio, él se detiene un segundo y dice otra cosa ingeniosa, un personaje externo interrumpe. Es formulaico pero es su mejor versión. Nobley es el mejor Darcy porque es su esencia misma, es la representación de lo que hizo que el personaje perdure. Tiene rasgos delicados, aspecto reservado e incluso taciturno, pero no se abstrae de la situación. Está atento, se comunica, pero no se impone. No es cortés, pero no es malo. Como mucho está nervioso y sólo busca que lo quieran. Es perfecto. Y hasta cuando está incómodo no maltrata a nadie, como mucho se mufa. Este Darcy además puede decir cosas como "ninja" todavía estando en personaje, y eso ya es gracioso.
Pero qué es de una Elizabeth (Jane) y un Darcy sin un Wickham. Y este también es el mejor Wickham de todos. Porque una vez más se ha destilado su esencia: chico malo, opción equivocada, galante, entrador, seductor, atorrante, divertido. Es otra caricatura, y Bret McKenzie deslumbra con el carisma que a tantos otros Wickham les ha faltado. McKenzie, como un equilibrista, camina esa línea entre banana y galán, dejándose caer a un lado o a otro si la situación así lo requiere. Este Wickham viene bajo el nombre de Martin, quien no es un caballero como Nobley, sino que se dedica a las labores manuales dentro del parque; es el chofer que va a buscar a las participantes al aeropuerto, el que mueve cosas de jardinería, el que se encarga de los caballos. El chico de los establos, bah. Y no es metafórico, es descriptivo. Cuando Jane Hayes se cansa de ser Miss Jane Erstworth, se va a leer a los establos, donde se encuentra con Martin. A lo largo de la película, él se vuelve el único resquicio de realidad concreta en el medio de tanta simulación. Él no sigue las reglas, se lleva su reproductor de música y lo escucha a todo volumen. No mantiene la distancia acorde a la época histórica, Martin vive en el aquí y ahora. Le digo el rey de los "¡epa!". En las comedias románticas hay dos reacciones en lo que respecta a los galanes. Bueno, tres. Pero se dividen en dos categorías: por un lado los "¡epa!", y por otro lado los grititos ahogados junto con los suspiros. Los Wickham de calidad te hacen soltar epas. Enmarcados en la lógica más bien asexuada de la mayoría de las películas del género, son los rufianes, los que saben qué funciona. Los peligrosos, bah. Pero los epa no sirven para nada sin la otra parte. Es como los ruidos fuertes en las películas de terror: altamente efectivos, pero cortoplacista. La otra categoría le pertenece a los Darcy. Los grititos ahogados que sólo pueden ser fruto de lo reprimido. Esos requieren que no sea fácil, que no haya estado tan al alcance. Es cuando se tocan la mano después de cuarenta minutos de intercambiar miradas, cuando intercambian miradas después de cuarenta minutos de haber estado esquivándose. Y a eso le siguen los suspiros. Esa es la seguridad absoluta, porque el epa dura un segundo, los grititos son fruto de una duración previa, pero los suspiros son cuando lo hostil se vuelve hogar. Cuando de los nervios se pasa a la tranquilidad. El suspiro es el comienzo de la duración del "felices para siempre". Wickham jamás te hará suspirar. Pero... ¡epa! que sabe lo que hace.
Y hasta acá es que puedo hablar de la película sin hablar del final. Doy mi más sincera recomendación a este circo. Es encantador, es sólo dejarse llevar. Además es de esas pocas películas de usos múltiples. No sé si la sigo viendo porque encuentro cosas o para encontrarlas. Sin duda es porque me encanta, pero no es por qué me encanta. Austenland no te exige que la vuelvas a ver, te lo ofrece.
Hablemos ahora incluyendo el final, porque Sexto sentido (1999) caminó para que Austenland pudiera volar. Jane vive su cuento de hadas, pero no logra terminar de entregarse a la fantasía de tener a su propio Darcy; por lo que decide ignorar la recreación de la novela para pasar el tiempo con Martin. Es el triunfo de la realidad por sobre la fantasía, el cierre perfecto para el personaje de Jane, quien al principio veía a Colin Firth salir del lago por televisión mientras un novio la besaba para ahora descubrir que la fantasía jamás estará a la altura de la realidad. Y acá es donde viene el "veo gente muerta": cuando Jane se está despidiendo de la dueña de Austenland es informada que Martin era también parte de la experiencia, y el personaje que se le había asignado a ella; que en verdad las interacciones con Nobley no eran parte de su narrativa. Antes de irse al aeropuerto, Jane le informa a la dueña de una futura demanda respecto a los comportamientos criminales de su marido durante su estadía (ahí es donde Nobley dijo que ella era una ninja, tiene sentido, lo resuelven dentro de todo bien, Sánchez no te enganches). Aterrada por el prospecto, la dueña lo llama a Martin para que utilice sus encantos antes de que ella se tome el avión a Estados Unidos. En el aeropuerto se encuentran entonces: Jane (tratando de irse), Martin (tratando de conquistarla nuevamente) y Nobley (tratando de decirle la verdad a Jane). La única que triunfa es Jane, quien harta de tanto circo (yo no, yo quería más), se despide muy amorosamente de Nobley.
Cuando llega a su casa, Jane tira a la basura toda su parafernalia relacionada con Austen. Las muñecas de porcelana, los juegos de té, el cartón tamaño real de Colin Firth que un exnovio decapitó. Ahora sí, finalmente termina el arco, Jane elige la verdadera realidad y abandona el mundo de cuentos de hadas. La audiencia no, porque Miss Jane Erstworth se fue de Austenland, pero Jane Hayes no podrá jamás escapar de Austenland. Obvio que llega Nobley, obvio que logra decirle que lo suyo fue real, que él no era un actor sino un profesor de historia haciendo favor, que es incapaz de actuar y que puede ver que ella tampoco. Obvio que se besan. Pero acá es donde pasa algo curioso. Después vuelven a Austenland, renovado por la encantadora Coolidge y transformado ahora en un descomunal parque de atracciones. Para los tres finales de esta película, este es el más enigmático. Primero termina con ella eligiendo la realidad (a Martin). Después termina con ella no pudiendo elegir la realidad, porque es un personaje en una comedia romántica. Pero en el tercero... elige la fantasía, entregándose a su condición de personaje. O tal vez lo importante era ver a Coolidge una vez más, eso también puede ser.