La inverosimilitud de la realidad: una guía para hacer llorar
por Julia B.
Dirección: Matthew Warchus
Guion: Stephen Beresford
No era la primera vez que me encontraba con Pride (2014); estaba preparada para entregarme plenamente a la inspiradora historia real, contada de una manera competente e invisible. Me encanta cuando la decepción es un placer. Tan fuerte era el recuerdo de una buena historia que había opacado por completo a la gran película que se encontraba detrás. O más bien que se encontraba adelante; de mis ojos, de mis oídos.
Pride sorprende con su poder de síntesis; y con síntesis no me refiero a la brevedad, sino al proceso de purificar ideas e incorporarlas en un nuevo objeto que mantiene las propiedades imprescindibles de sus componentes, pero que es ahora más que la suma de sus partes: no es resumir, es realizar alquimia. El cine es un arte de síntesis, es un medio audiovisual, lo que implica automáticamente un pequeño monstruo que reúne lo que se ve con lo que se escucha. Es también sintético en el sentido de "resumir": las películas cuentan historias que abarcan días, años, en tan solo ciento veinte minutos. Narran historias que ocupan países y hasta galaxias, en un marco que al día de la fecha cabe en la palma de nuestras manos. Sí, el cine es inherentemente sintético. Es por eso que me atrevo a afirmar que Pride es un producto absolutamente cinematográfico, que apuesta a la inverosimilitud para contar la realidad.
Pride narra la historia del nacimiento de la organización verídica LGSM (Lesbians and Gays Support the Minors/Lesbianas y Gays Apoyan a los Mineros). Una historia real tan conmovedora en sí misma que amenaza una adaptación empalagosa y sacarinada. Durante la huelga de mineros en el Reino Unido en 1984, un grupo de gays (y una lesbiana) fundan una organización para dar apoyo a los mineros y sus familias. Suaves fricciones y un pequeño choque cultural de por medio, los residentes de Onllwyn, Gales, reciben el apoyo, y se vuelven así la semilla de lo que derivaría en asociaciones obreras de mineros marchando al frente de la Marcha del Orgullo Gay de 1985. Pride contó con la asesoría y comentarios de varios de los protagonistas originales; esto reafirma la noción casi documental de los hechos.
Los créditos comienzan con el himno sindical Solidarity Forever (“Solidaridad por siempre”), cuya letra, a simple vista, enaltece el poder de la solidaridad dentro de los sindicatos. Sin embargo, "union" en inglés aplica tanto a "sindicato" como a "unión". Esta aparente ambigüedad es una de tantas demostraciones del poder de síntesis. La película no desperdicia un segundo en establecer sus ideas. Esta canción sería más tarde retomada por nuestro grupo protagonista en el primer pivot importante de la historia, cuando LGSM decide pasar por alto al sindicato y comunicarse directamente con una comunidad minera en busca de auxilio. Otro gran ejemplo es la presentación de los personajes principales: Mark (Ben Schnetzer) y el cariñosamente apodado Bromley (George MacKay). En un excelente esfuerzo conjunto entre el montaje y la actuación, estos personajes son presentados prácticamente en paralelo. Mark, mientras ignora al hombre con el que presuntamente pasó la noche, mira una noticia sobre la huelga de mineros; una bandera comunista decora su habitación. Junta baldes para recolectar donaciones, se va a la Marcha, le devuelve un insulto a un vecino y da pie al crédito inicial; PRIDE aparece en letras gigantes sobre un muro de ladrillo. Listo, el gay militante con conciencia social. Por otro lado, Bromley es acompañado por una cámara que prácticamente lo empuja a salir de la casa de sus padres, con su cara de pollito asustado caminando con un poco de desgarbo entre la modesta multitud. Resuelto: el joven enclosetado descubriendo su camino. Suena trillado, y lo es. Pero son personajes que se repiten porque son personajes que existen, y Pride los retrata porque los conoce. Es una mirada que resume para la audiencia, pero que les da espacio a sus propios defectos, entusiasmos e inseguridades. Toda la película mantiene ese equilibrio, de sostener lo trillado, lo cursi, lo almibarado y el espacio para la solemnidad y la empatía. Ahí donde Mark da discursos inspiradores o Jonathan (Dominic West) da clases de baile para exhomofóbicos, está el momento silencioso de Gethin (Andrew Scott) luego de hablar en galés por primera vez en quince años.
El montaje es de esos aspectos del cine que suelen sentirse invisibles, de esas herramientas que si son notadas es por error o estilo autoral. En Pride es invisible sólo para quien no quiere ver; pero para quien quiera mirar, lleva las mejores notas. Como un bajo bien tocado, no repite en segundo plano, sino que acompaña, complementa, acentúa y realza. Melanie Oliver es la montajista; me atrevo a decir que disfruta de las transiciones. Sus pasajes de una a otra locación derrochan una sutil creatividad, llevándonos de Londres a Onllwyn mediante, por ejemplo, la tipografía de una pancarta. O tal vez haciendo el mismo viaje, pero mediante el retrato de Elton John y una voz masculina coreando en la banda sonora. Pero no se trata solo de cortes ingeniosos, hay un ritmo técnico que empuja hacia adelante. Es difícil hablar con precisión de una labor que suele no ser vista ni oída, pero definitivamente escuchada. Sólo puedo decir: todo fluye, pero con ingenio.
Pride es exitosamente manipuladora. Ahí donde hay tanta realidad, toma la decisión de hacer como si fuera de mentira. Aprovecha el cinismo que llevamos dentro, que tilda de inverosímil una historia que habla de solidaridad y aceptación. Veo a la película como dividida en tres partes, asociadas directamente a ese cinismo. Inverosímil - verosímil - inverosímil. La primera parte, dedicada al encuentro entre LGSM y los residentes de Onllwyn, (casi) todo sonrisas, aceptación y hasta un número musical. Esto desarrolla en la audiencia un sentido de seguridad resguardado en la fantasía. Hay conflicto, pero no hay melodrama. Las consecuencias son mínimas, los obstáculos, pasajeros. La homofobia es esporádica y periférica, la convivencia y la empatía reinan. A eso le sigue la segunda parte; el punto bajo. Hay entonces una pequeña traición, un cambio de código. Creíste que estabas viendo la versión azúcar, flores, y muchos colores, pero eso era antes. Ahora vas a tener que lidiar con la oscuridad. Apela a nuestra percepción generalizada de la homosexualidad en los '80/'90 (en parte por la sobrepoblación de películas dedicadas exclusivamente a eso). La segunda parte es donde la amenaza del SIDA se materializa, la homofobia se vuelve integral a la trama, y los mineros rompen la huelga. Ahí no cuesta creer; la historia de pronto se consolida en "basada en hechos reales". Y luego está la tercera parte, donde la audiencia fue trabajada para ir bajando sus expectativas de lo alcanzable, resignada a que la hermosa realidad pintada en el comienzo era un cuento de hadas que nos permitimos creer, y que la realidad real ha interferido en la película para no irse nunca. Y luego, el golpe de efecto. Ahí es donde entra en juego la hábil manipulación, lo que hace que las lágrimas se vuelvan incontenibles. El giro luminoso del final es también parte de la realidad. Esa misma que se sentía verosímil en su oscuridad, es ahora un aluvión de luz. Si no fuese cierta, sentirías una enorme estafa. Si la fiesta que le seguía a la segunda parte era ficción, hubiera sido un chorro de edulcorante directo en la boca, un insulto. Pride es de esas películas que hacen que vayas corriendo a revisar cuán real es la historia. Por suerte (y habilidad) la verdad triunfa en su inverosímil esplendor. Un fino trabajo de manipulación que lleva a la audiencia al desamparo con tal de hacer estallar los receptores de endorfina al ver la culminación de la historia. Piel de gallina asegurada, ¡fiesta, fiesta, y pluma, pluma, gay!



