26/1/25

Pride (2014)

La inverosimilitud de la realidad: una guía para hacer llorar

por Julia B.

Pride - Reino Unido/Francia, 2014, 119’, Inglés
Dirección: Matthew Warchus
Guion: Stephen Beresford

  


No era la primera vez que me encontraba con Pride (2014); estaba preparada para entregarme plenamente a la inspiradora historia real, contada de una manera competente e invisible. Me encanta cuando la decepción es un placer. Tan fuerte era el recuerdo de una buena historia que había opacado por completo a la gran película que se encontraba detrás. O más bien que se encontraba adelante; de mis ojos, de mis oídos. 

Pride sorprende con su poder de síntesis; y con síntesis no me refiero a la brevedad, sino al proceso de purificar ideas e incorporarlas en un nuevo objeto que mantiene las propiedades imprescindibles de sus componentes, pero que es ahora más que la suma de sus partes: no es resumir, es realizar alquimia. El cine es un arte de síntesis, es un medio audiovisual, lo que implica automáticamente un pequeño monstruo que reúne lo que se ve con lo que se escucha. Es también sintético en el sentido de "resumir": las películas cuentan historias que abarcan días, años, en tan solo ciento veinte minutos. Narran historias que ocupan países y hasta galaxias, en un marco que al día de la fecha cabe en la palma de nuestras manos. Sí, el cine es inherentemente sintético. Es por eso que me atrevo a afirmar que Pride es un producto absolutamente cinematográfico, que apuesta a la inverosimilitud para contar la realidad.

Pride narra la historia del nacimiento de la organización verídica LGSM (Lesbians and Gays Support the Minors/Lesbianas y Gays Apoyan a los Mineros). Una historia real tan conmovedora en sí misma que amenaza una adaptación empalagosa y sacarinada. Durante la huelga de mineros en el Reino Unido en 1984, un grupo de gays (y una lesbiana) fundan una organización para dar apoyo a los mineros y sus familias. Suaves fricciones y un pequeño choque cultural de por medio, los residentes de Onllwyn, Gales, reciben el apoyo, y se vuelven así la semilla de lo que derivaría en asociaciones obreras de mineros marchando al frente de la Marcha del Orgullo Gay de 1985. Pride contó con la asesoría y comentarios de varios de los protagonistas originales; esto reafirma la noción casi documental de los hechos. 

Los créditos comienzan con el himno sindical Solidarity Forever (“Solidaridad por siempre”), cuya letra, a simple vista, enaltece el poder de la solidaridad dentro de los sindicatos. Sin embargo, "union" en inglés aplica tanto a "sindicato" como a "unión". Esta aparente ambigüedad es una de tantas demostraciones del poder de síntesis. La película no desperdicia un segundo en establecer sus ideas. Esta canción sería más tarde retomada por nuestro grupo protagonista en el primer pivot importante de la historia, cuando LGSM decide pasar por alto al sindicato y comunicarse directamente con una comunidad minera en busca de auxilio. Otro gran ejemplo es la presentación de los personajes principales: Mark (Ben Schnetzer) y el cariñosamente apodado Bromley (George MacKay). En un excelente esfuerzo conjunto entre el montaje y la actuación, estos personajes son presentados prácticamente en paralelo. Mark, mientras ignora al hombre con el que presuntamente pasó la noche, mira una noticia sobre la huelga de mineros; una bandera comunista decora su habitación. Junta baldes para recolectar donaciones, se va a la Marcha, le devuelve un insulto a un vecino y da pie al crédito inicial; PRIDE aparece en letras gigantes sobre un muro de ladrillo. Listo, el gay militante con conciencia social. Por otro lado, Bromley es acompañado por una cámara que prácticamente lo empuja a salir de la casa de sus padres, con su cara de pollito asustado caminando con un poco de desgarbo entre la modesta multitud. Resuelto: el joven enclosetado descubriendo su camino. Suena trillado, y lo es. Pero son personajes que se repiten porque son personajes que existen, y Pride los retrata porque los conoce. Es una mirada que resume para la audiencia, pero que les da espacio a sus propios defectos, entusiasmos e inseguridades. Toda la película mantiene ese equilibrio, de sostener lo trillado, lo cursi, lo almibarado y el espacio para la solemnidad y la empatía. Ahí donde Mark da discursos inspiradores o Jonathan (Dominic West) da clases de baile para exhomofóbicos, está el momento silencioso de Gethin (Andrew Scott) luego de hablar en galés por primera vez en quince años. 

El montaje es de esos aspectos del cine que suelen sentirse invisibles, de esas herramientas que si son notadas es por error o estilo autoral. En Pride es invisible sólo para quien no quiere ver; pero para quien quiera mirar, lleva las mejores notas. Como un bajo bien tocado, no repite en segundo plano, sino que acompaña, complementa, acentúa y realza. Melanie Oliver es la montajista; me atrevo a decir que disfruta de las transiciones. Sus pasajes de una a otra locación derrochan una sutil creatividad, llevándonos de Londres a Onllwyn mediante, por ejemplo, la tipografía de una pancarta. O tal vez haciendo el mismo viaje, pero mediante el retrato de Elton John y una voz masculina coreando en la banda sonora. Pero no se trata solo de cortes ingeniosos, hay un ritmo técnico que empuja hacia adelante. Es difícil hablar con precisión de una labor que suele no ser vista ni oída, pero definitivamente escuchada. Sólo puedo decir: todo fluye, pero con ingenio.

Pride es exitosamente manipuladora. Ahí donde hay tanta realidad, toma la decisión de hacer como si fuera de mentira. Aprovecha el cinismo que llevamos dentro, que tilda de inverosímil una historia que habla de solidaridad y aceptación. Veo a la película como dividida en tres partes, asociadas directamente a ese cinismo. Inverosímil - verosímil - inverosímil. La primera parte, dedicada al encuentro entre LGSM y los residentes de Onllwyn, (casi) todo sonrisas, aceptación y hasta un número musical. Esto desarrolla en la audiencia un sentido de seguridad resguardado en la fantasía. Hay conflicto, pero no hay melodrama. Las consecuencias son mínimas, los obstáculos, pasajeros. La homofobia es esporádica y periférica, la convivencia y la empatía reinan. A eso le sigue la segunda parte; el punto bajo. Hay entonces una pequeña traición, un cambio de código. Creíste que estabas viendo la versión azúcar, flores, y muchos colores, pero eso era antes. Ahora vas a tener que lidiar con la oscuridad. Apela a nuestra percepción generalizada de la homosexualidad en los '80/'90 (en parte por la sobrepoblación de películas dedicadas exclusivamente a eso). La segunda parte es donde la amenaza del SIDA se materializa, la homofobia se vuelve integral a la trama, y los mineros rompen la huelga. Ahí no cuesta creer; la historia de pronto se consolida en "basada en hechos reales". Y luego está la tercera parte, donde la audiencia fue trabajada para ir bajando sus expectativas de lo alcanzable, resignada a que la hermosa realidad pintada en el comienzo era un cuento de hadas que nos permitimos creer, y que la realidad real ha interferido en la película para no irse nunca. Y luego, el golpe de efecto. Ahí es donde entra en juego la hábil manipulación, lo que hace que las lágrimas se vuelvan incontenibles. El giro luminoso del final es también parte de la realidad. Esa misma que se sentía verosímil en su oscuridad, es ahora un aluvión de luz. Si no fuese cierta, sentirías una enorme estafa. Si la fiesta que le seguía a la segunda parte era ficción, hubiera sido un chorro de edulcorante directo en la boca, un insulto. Pride es de esas películas que hacen que vayas corriendo a revisar cuán real es la historia. Por suerte (y habilidad) la verdad triunfa en su inverosímil esplendor. Un fino trabajo de manipulación que lleva a la audiencia al desamparo con tal de hacer estallar los receptores de endorfina al ver la culminación de la historia. Piel de gallina asegurada, ¡fiesta, fiesta, y pluma, pluma, gay!

28/9/23

Entergalactic (2022)

Sensatez y sentimientos

por Julia B.

Entergalactic - Estados Unidos, 2022, 93’, Inglés 
Dirección: Fletcher Moules
Guion: Kid Cudi, Kenya Barris, Ian Edelman


Ver Entergalactic (2022) es entregarse a un limbo entre la envidia y la fascinación... tal vez con algunos tintes de mediocridad, pero es en el tercer acto y le pasa a muchas comedias románticas, honestamente se lo perdono sin dudar. Lo digo primero para que se note que no le temo empezar por acá; la película tiene tantas cosas bellas para dar que me atrevo a hablar de sus puntos flojos aquí, donde debería estar preparando un terreno fértil para que vayan a verla puedan aceptar mi punto de vista. Entergalactic falla cuando cae en el default; y tengo la teoría que tiene que ver con la duración. Como dije antes, los problemas aparecen hacia el final, y son de orden estético, rompe su propia lógica. La película tiene un punto de vista que derrocha carisma, y no hablo del carisma de sus personajes. Más específicamente, no hablo sólo del carisma de sus personajes, sino de la película en sí: la música te lleva naturalmente a imitar el rítmico subir y bajar de la cabeza de Jabari (Kid Cudi) mientras vuela en su bicicleta, porro en mano, cosmos de fondo. La animación es una mezcla entre videojuego y stop motion, que si bien al principio es chocante, rápidamente resalta lo importante: el carisma en los movimientos de Meadow (Jessica Williams), en los textos tipo cómic que aparecen cada tanto, en la ciudad celeste y rosa. Y me quedo corta, porque si bien el estilo visual que mencioné ocupa casi toda la película, hay secuencias donde la animación cambia rotundamente para tomar el punto de vista de Downtown Pat (Macaulay Culkin) en una fiesta electrónica, o el de la mejor amiga de Meadow, Karina (Vanessa Hudgens) para narrar su primera cita con su marido. 

Dije que iba a hablar de la parte mala y se me cruzaron los cables, va de nuevo, ahora sí: Entergalactic decepciona cuando necesita ocupar minutos. Hay más de una secuencia de "recordando los buenos tiempos"... también llamado "reciclando los viejos planos". Ni a las series les perdono el capítulo de grandes éxitos (Seinfeld, te miro a vos. Animé... nada, nada, vos hacé lo tuyo). A Entergalactic se lo perdono menos, porque luego de sesenta y cuatro minutos de escenas que da gusto mirar... me traicionan privándome de nuevas escenas, y me castigan la expectativa mostrándome lo que ya me mostraron. La música, por suerte, no es repetitiva, es nueva, es buena, apruebo, disfruto. Ahora, el compilado de las citas y los besos... No. Pero bueno, pasa en las mejores familias. Es como si el tiempo en el que la pareja principal tiene que estar separada (porque así lo dice la fórmula) fuera tan pero tan forzado, que la película se niega a dignar ese tiempo con la creatividad que pregna el resto de la historia. No sé si les dijeron "queremos más minutos" o "queremos que ahora se separen" pero parece que algo les dijeron y el resultado es una secuencia de recuerdos a regañadientes. En fin, ahí está, ese es su problema. El peor momento de Entergalactic es cuando menos Entergalactic es.

Dirigida por Fletcher Moules, y creada por Scott Mescudi y Kenya Barris, Entergalactic es el producto audiovisual que acompaña el CD del mismo nombre. Scott Mescudi es también conocido como Kid Cudi, y Entergalactic es el octavo álbum del músico estadounidense. Le vengo diciendo "película"; técnicamente es un especial de televisión. Pero que se puede ver en Netflix. Y que dura noventa minutos. Debo recurrir a la economía del lenguaje, así que "película" queda. Kid Cudi es también la voz del protagonista, Jabari. Hace un par de párrafos mencioné la envidia. Y Jabari es envidiable, porque es artista que no compromete sus valores pero cobra un montón de plata, que vive en un departamento hermoso, que tiene un insumo interminable de marihuana y que se junta con sus dos amigos a fumar, a salir de fiesta, o a tener conversaciones francas sobre lo que les pasa y cómo lidiar con eso. Y da gusto escucharlos hablar, Jimmy (Timothée Chalamet) sueña con chalas, pero a la vez es la permanente voz de la razón. Ky (Ty Dolla $ign) es un bardo caminante, pero está bien, hay un buen balance entre dejarlo ser y ponerlo un poco al día. Mientras más lo pienso más me desdigo, no es envidia, es inspirador. Vos lo ves a Jabari prenderse un porro, escuchar música que te hace relajar los hombros, y charlar con otro tipo que también está en Júpiter pero ambos con los pies completamente sobre la tierra. Y no hay nada forzado, ves a amigos charlar de sus sentimientos y tratar de navegar el mundo. Entergalactic fluye. Jabari conoce a Meadow cuando se muda al departamento de al lado. Meadow también es una artista que cobra un montón de plata y... todo eso que dije antes, pero en vez de dos amigos tiene a Karina, que es su Jimmy, pero sin porro. Karina es la voz de la razón y a la vez su mejor animadora. Los mensajes que se mandan entre ellas van a perder vigencia pronto, pero porque los memes expiran rápido; al día de la fecha, funciona y es profundamente realista.

La película está dividida en capítulos, cuyos títulos son diálogos descontextualizados. Cuando el recorte finalmente es completado, hay una satisfacción reservada sólo a los juegos de unir los puntos, cuando aparece la imagen terminada. Es un pequeño instante de alegría. Pasa un poco lo mismo cuando Jabari prende un porro. No lo del rompecabezas, lo de la alegría. Primero, porque la animación de las brasas es cautivadora cada vez; segundo, porque muchas veces le siguen imágenes espectaculares de galaxias en violeta y ciudades en pastel electrónico.

Suena bien y se ve bien, y es excelente compañía. Entergalactic es para ponerse los auriculares, armarse uno, derretirse un poco en la silla, y acompañar a esta pareja mientras se encuentran, desencuentran y vuelven a encontrarse; con buena música y con un excepcional sentido del realismo en cada uno de los diálogos. La gente es tan gente que querés ser su amiga. No soy tan cool, realísticamente no sería su amiga. Pero no importa, porque como son película puedo ver cómo son excepcionales una y otra vez.

26 de septiembre de 2023

28/8/23

Austenland (2013)

El mejor Darcy es el falso Darcy

por Julia B.

Austenland - Estados Unidos, 2013, 97’, Inglés 
Dirección: Jerusha Hess
Guion: Jerusha Hess y Shannon Hale


Años de destilación de un clásico dieron lugar a Austenland (2013). Son capas geológicas de versiones y reversiones de Orgullo y prejuicio, la novela de Jane Austen, las que dieron a luz esta síntesis maravillosa. Las dos versiones que más han permeado en nuestra sociedad han sido una adaptación cinematográfica del 2004, dirigida por Joe Wright, y una miniserie de la BBC de 1995. Existe una escena en particular; una escena que depende de tu grado de cercanía con Colin Firth puede que ya estés imaginando. Para el resto: en la serie de la BBC, donde Mr. Darcy es interpretado por Colin Firth, hay una escena célebre. Vive en nuestras mentes pero también está hoy en los cines; sin ir más lejos, en Barbie (2023) aparece. Lo más sólido de la imagen es la camisa blanca empapada de Mr. Darcy, encontrándose con Elizabeth Bennet (Jennifer Ehle) de casualidad. Una escena tan erótica y a la vez tan inocente que genera algo similar al efecto de cute aggression. Traducido es "agresión por ternura"; son esas ganas incontenibles de actuar sobre algo que nos resulta adorable o enternecedor, pero que no podemos poseer del todo. Suele asociarse a imágenes de animales bebés. Pero hay personajes que han sido bendecides con un halo de vulnerabilidad, que llevan a cierta audiencia a querer acercarse a la pantalla a contener a ese ser puro que actúa con ingenuidad. Mientras tiene la camisa blanca empapada. 

Austenland (2013) es una película que fue y volvió un par de veces. Todavía me cuesta un poco acompañarla, la veo y la reveo y sigo sintiendo cosas. En general hay algo de terminar de ver una película que la mata un poco. Yo igual soy muy ingenua para ver películas, trato de creerles mucho y rápido, para sentir bien fuerte. Por eso las de superhéroes cuando no te tenés que tomar en serio que se mueren me cuestan: se muere uno y yo trato de ponerme en el lugar de un amigo cercano, o de algún familiar que habían mostrado antes. Trato de imaginar un poco la escena de un ser querido enterándose. Cómo sería su despertar al día siguiente cuando recuerde que su amigo ya no está. Duro. Y nada, a los veinte minutos se levanta y yo ya me comí el duelo, es agotador. Así que ya que voy a sentir mucho todo lo que me proponga la película, quiero que me quieran hacer sentir bien. Golosinas. Austenland es una golosina de autor. 

La película, dirigida por Jerusha Hess, no pierde tiempo en establecer el tono. La fuente de los créditos transmite la justa mezcla entre una estética gótica pero juguetona, casi a lo cómic. Y para continuar... un infomercial de Austenland, sobre una experiencia temática basada en las novelas de Jane Austen. Una mujer con un disfraz de época (que no busca ocultar su condición de disfraz) abraza una oveja embalsamada mientras suena un efecto de sonido de balido. Hay películas que eligen tomarte de la mano delicadamente e ir alejándote lentamente del camino de la cordura y la verosimilitud, para permitir que la mayor parte de la audiencia pueda llegar al mismo lugar. Austenland sabe a quién le habla, y si lo de la señora disfrazada abrazada a la oveja embalsamada hablando de un parque temático de Jane Austen no te convenció, al menos te avisaron rápido. Para el resto, sólo nos anuncia delicias. Cuando los ojos no terminan de apreciar todo lo que ante ellos aparece pero vibran que en el rabillo todavía hay más por ver, es una revelación. Pienso yo "después me fijo" que rápidamente se vuelve el "después la veo de nuevo". Recién empieza y ya quiero volverla a empezar, porque siento que se me escapó un chiste en algún lado. Escribo esto luego de verla por cuarta vez y todavía veo cosas que no vi, escucho cosas que no escuché. Todavía voy cerrando cabos de una película que me invita a verla tranquila, pero me agradece que la vea atentamente.

Keri Russell interpreta a Jane Hayes, la protagonista de esta versión de Orgullo y prejuicio, a diferencia de la habitual Elizabeth. Jennifer Coolidge se lleva en este caso el nombre, y un poco también el protagonismo, pero era de esperarse. Coolidge interpreta a una de las damas con las que Jane compartirá su estadía en Austenland, Elizabeth Charming. El apellido que eligió para su estadía en Austenland le queda de lujo, "encantadora". Desde el primer momento en el que aparece es imposible eludir su encanto. La mujer es una bestia, todo lo hace a lo grande y con pasión. La manera que tiene de modular mucho sin mover la boca es un acto de magia que mejora cuando su acento araña lo británico. Y si de acentos se trata, Georgia King no se queda atrás, en su rol de tercera dama, Amelia Heartwright. Una de cada diez palabra da risa: las dice raro, las dice mal. No es ya ni un intento de inglés de Inglaterra, es más como una cantante haciendo ejercicios vocales bajo el agua. "Bossom sisters", "bósum sisters", hay algo de cómo lo dice que es simplemente gracioso. Es hermoso cuando todo el mundo sabe a qué vino. Esta película está llena de payasos. Los movimientos no son ni teatrales, son clown. Hay una escena en la que tanto los actores de Austenland, como las tres damas interpretan una obra. Y es el más absoluto caos, es como si la simulación de la simulación ya no pudiera sostenerse. No se sabía si quienes se tentaban y olvidaban los diálogos eran los actores, las actrices, los actores que actuaban de actores o si algo de esto estaba escrito en algún lado. 

La película es una bella comedia. Es bonita de ver. Empieza horrenda, agobiante, ya de donde hay cubículos hay que escapar, dice el cine. Es fea fea al principio, pero es la gracia. Hasta que Jane no llega a Austenland que no se respira aire en los encuadres. Empieza el viaje y vamos al clasicazo de planos más abiertos. Ya lo digo, si no está roto no lo arregles. Porque además tienen lo qué mostrar. Desde los paisajes hasta las composiciones más plásticas, siempre hay lo qué ver.




Y también lo qué escuchar. De la música que hable la gente que sabe de eso, me voy a lo mío: los chistes. Desde diálogos a efectos de sonido, todo tiene chispa. Alguien tuvo que mezclar esas bandas de sonido para que dos conversaciones puedan completarse entre sí, incluso pisarse a veces, pero que se entienda todo, son coreografías sonoras. Y el guion coescrito por la directora junto con Shannon Hale es la materia prima. Es un deleite sentirse en tan buenas manos. No hay desperdicio, Austenland es peso neto.

Igual todo hay que decirlo. Donde hay chistes hay chistes que envejecen mal. Austenland no está libre de pecado. Pero qué comedia no lo está. Hay momentos genuinamente incómodos, pero pasan tan rápido como pasa casi todo en esta película, la clave está en "Sánchez no te enganches". 

Acorde al panfleto, Jane viviría una experiencia digna de las novelas de Austen; la agencia le garantizaba la atención de un caballero a lo largo de su estadía así como una serie de actividades acordes a la época. La obsesión de Jane era particularmente con Orgullo y prejuicio, y cuando a la primera cena conoció a Henry Nobley (JJ Feild), ubicó rápidamente cuál de los candidatos era Mr. Darcy. El diálogo entre Jane y Darcy es eco de todos los otros diálogos entre todas las otras Elizabeth y todos los otros Darcy. Ella dice algo inocuo, él hace un comentario amargo por lo bajo, ella retruca con ingenio, él se detiene un segundo y dice otra cosa ingeniosa, un personaje externo interrumpe. Es formulaico pero es su mejor versión. Nobley es el mejor Darcy porque es su esencia misma, es la representación de lo que hizo que el personaje perdure. Tiene rasgos delicados, aspecto reservado e incluso taciturno, pero no se abstrae de la situación. Está atento, se comunica, pero no se impone. No es cortés, pero no es malo. Como mucho está nervioso y sólo busca que lo quieran. Es perfecto. Y hasta cuando está incómodo no maltrata a nadie, como mucho se mufa. Este Darcy además puede decir cosas como "ninja" todavía estando en personaje, y eso ya es gracioso. 

Pero qué es de una Elizabeth (Jane) y un Darcy sin un Wickham. Y este también es el mejor Wickham de todos. Porque una vez más se ha destilado su esencia: chico malo, opción equivocada, galante, entrador, seductor, atorrante, divertido. Es otra caricatura, y Bret McKenzie deslumbra con el carisma que a tantos otros Wickham les ha faltado. McKenzie, como un equilibrista, camina esa línea entre banana y galán, dejándose caer a un lado o a otro si la situación así lo requiere. Este Wickham viene bajo el nombre de Martin, quien no es un caballero como Nobley, sino que se dedica a las labores manuales dentro del parque; es el chofer que va a buscar a las participantes al aeropuerto, el que mueve cosas de jardinería, el que se encarga de los caballos.  El chico de los establos, bah. Y no es metafórico, es descriptivo. Cuando Jane Hayes se cansa de ser Miss Jane Erstworth, se va a leer a los establos, donde se encuentra con Martin. A lo largo de la película, él se vuelve el único resquicio de realidad concreta en el medio de tanta simulación. Él no sigue las reglas, se lleva su reproductor de música y lo escucha a todo volumen. No mantiene la distancia acorde a la época histórica, Martin vive en el aquí y ahora. Le digo el rey de los "¡epa!". En las comedias románticas hay dos reacciones en lo que respecta a los galanes. Bueno, tres. Pero se dividen en dos categorías: por un lado los "¡epa!", y por otro lado los grititos ahogados junto con los suspiros. Los Wickham de calidad te hacen soltar epas. Enmarcados en la lógica más bien asexuada de la mayoría de las películas del género, son los rufianes, los que saben qué funciona. Los peligrosos, bah. Pero los epa no sirven para nada sin la otra parte. Es como los ruidos fuertes en las películas de terror: altamente efectivos, pero cortoplacista. La otra categoría le pertenece a los Darcy. Los grititos ahogados que sólo pueden ser fruto de lo reprimido. Esos requieren que no sea fácil, que no haya estado tan al alcance. Es cuando se tocan la mano después de cuarenta minutos de intercambiar miradas, cuando intercambian miradas después de cuarenta minutos de haber estado esquivándose. Y a eso le siguen los suspiros. Esa es la seguridad absoluta, porque el epa dura un segundo, los grititos son fruto de una duración previa, pero los suspiros son cuando lo hostil se vuelve hogar. Cuando de los nervios se pasa a la tranquilidad. El suspiro es el comienzo de la duración del "felices para siempre". Wickham jamás te hará suspirar. Pero... ¡epa! que sabe lo que hace.

Y hasta acá es que puedo hablar de la película sin hablar del final. Doy mi más sincera recomendación a este circo. Es encantador, es sólo dejarse llevar. Además es de esas pocas películas de usos múltiples. No sé si la sigo viendo porque encuentro cosas o para encontrarlas. Sin duda es porque me encanta, pero no es por qué me encanta. Austenland no te exige que la vuelvas a ver, te lo ofrece.

Hablemos ahora incluyendo el final, porque Sexto sentido (1999) caminó para que Austenland pudiera volar. Jane vive su cuento de hadas, pero no logra terminar de entregarse a la fantasía de tener a su propio Darcy; por lo que decide ignorar la recreación de la novela para pasar el tiempo con Martin. Es el triunfo de la realidad por sobre la fantasía, el cierre perfecto para el personaje de Jane, quien al principio veía a Colin Firth salir del lago por televisión mientras un novio la besaba para ahora descubrir que la fantasía jamás estará a la altura de la realidad. Y acá es donde viene el "veo gente muerta": cuando Jane se está despidiendo de la dueña de Austenland es informada que Martin era también parte de la experiencia, y el personaje que se le había asignado a ella; que en verdad las interacciones con Nobley no eran parte de su narrativa. Antes de irse al aeropuerto, Jane le informa a la dueña de una futura demanda respecto a los comportamientos criminales de su marido durante su estadía (ahí es donde Nobley dijo que ella era una ninja, tiene sentido, lo resuelven dentro de todo bien, Sánchez no te enganches). Aterrada por el prospecto, la dueña lo llama a Martin para que utilice sus encantos antes de que ella se tome el avión a Estados Unidos. En el aeropuerto se encuentran entonces: Jane (tratando de irse), Martin (tratando de conquistarla nuevamente) y Nobley (tratando de decirle la verdad a Jane). La única que triunfa es Jane, quien harta de tanto circo (yo no, yo quería más), se despide muy amorosamente de Nobley. 

Cuando llega a su casa, Jane tira a la basura toda su parafernalia relacionada con Austen. Las muñecas de porcelana, los juegos de té, el cartón tamaño real de Colin Firth que un exnovio decapitó. Ahora sí, finalmente termina el arco, Jane elige la verdadera realidad y abandona el mundo de cuentos de hadas. La audiencia no, porque Miss Jane Erstworth se fue de Austenland, pero Jane Hayes no podrá jamás escapar de  Austenland. Obvio que llega Nobley, obvio que logra decirle que lo suyo fue real, que él no era un actor sino un profesor de historia haciendo favor, que es incapaz de actuar y que puede ver que ella tampoco. Obvio que se besan. Pero acá es donde pasa algo curioso. Después vuelven a Austenland, renovado por la encantadora Coolidge y transformado ahora en un descomunal parque de atracciones. Para los tres finales de esta película, este es el más enigmático. Primero termina con ella eligiendo la realidad (a Martin). Después termina con ella no pudiendo elegir la realidad, porque es un personaje en una comedia romántica. Pero en el tercero... elige la fantasía, entregándose a su condición de personaje. O tal vez lo importante era ver a Coolidge una vez más, eso también puede ser.

25/8/23

El cine ha muerto, ¡qué viva el cine!

Veo el mundo en llamas y me siento optimista. Son dos informaciones separadas, pero equivalentes en importancia. Era importante que fueran presentadas así, juntas, hermanas. Porque además de ver el mundo en llamas veo gente a mi alrededor que sólo ve el mundo en llamas. No me es ajeno el deterioro de la industria. Todo es Disney, hasta lo que no parece. Como anticipaba el éxito que fue The Lion King (1994), “todo lo que toca la luz del proyector es de Disney”, o algo así. Hace mucho que no la veo. No ignoro tampoco los cambios en la oferta y el consumo, la masividad del doblaje cada vez mayor en Argentina me genera contradicciones; va gente al cine, ¡bien!, hay menos funciones de las subtituladas, ¡menos bien!

Hoy paseé por Lavalle y vi muchos cines cerrados. Eran catorce (infinitos), como diría el Minotauro en La casa de Asterión, cuento célebre del intelectual nacional por excelencia, Jorge Luis. Catorce, que es dos veces siete; y, por lo tanto, lo mismo que el infinito. En una charla sobre Beatriz Guido escuché de películas ocultas por la desidia, autoras asesinadas por el olvido. Pero ayer también escuché un podcast. De cine. Son dos canadienses, una estudió arte y la otra es socióloga. Se juntan a hablar de clásicos (y no tan clásicos) del cine de terror, cada una dando su perspectiva desde su campo de estudio. En las descripciones de cada capítulo incluyen bibliografía obligatoria (las películas de las que se va a hablar) y material complementario. Artículos, libros, otras películas. Una amiga escucha a un argentino, joven, no lo conozco. Otra amiga, diseñadora industrial, tiene su propio podcast, se junta con otras dos chicas y hablan. De cine. Hay un video ensayo de cuarenta minutos en Youtube, que se dedica a desarmar el guion de The Book of Henry (2017), realizado por un director canadiense. Una estadounidense hizo una serie de nueve videos de diez minutos analizando la saga Transformers desde diversos enfoques (teoría de autor, la mirada masculina, marxismo, por nombrar algunos). Veo catorce personas dialogando con el cine. Veo infinitos minutos de gente hablando de películas, de actrices, de guiones, de productores, de guionistas, de actores, de estudios, de bandas sonoras, de detalles ridículos, de teorías rebuscadas. Veo incontables horas de gente editando su propio trabajo. Veo años de imágenes recolectadas para acompañar sus palabras, y otros tantos para quienes además filman. Y no es sólo tiempo en crear, en buscar. Horas eternas también para defender sus trabajos; luchas contra el abuso de las leyes de propiedad intelectual. Veo artistas aprendiendo de leyes para poder subir sus videos a Youtube y  montajistas que tienen que sacar del aire maneras de modificar el material para eludir al todopoderoso algoritmo destructor.

Y me alegra porque todo ese tiempo es pasión. Son catorce personas, infinitas personas, que hablan de cine, que aman el cine. Se pelean, le discuten, discuten entre sí, le discuten a gente imaginaria que está en contra de lo que opinan. Veo vida para el cine. Hace poco vi un meme que decía que el nuevo “seamos una banda” era “hagamos un podcast”. Una parte del cine sí muere a la vez que nuevas ramas nacen. El arte no se pierde, sólo se transforma. 

por Julia B.

28/6/23

Grease (1978)

Grease, una nostálgica ventana al pasado

por Julia B.

Vi Grease (1978) por primera vez cuando tenía diez años y la amé. Las canciones ya eran parte de mi repertorio incluso antes de conocerlas; “We Go Together”, el número final, se sintió tan natural como respirar. El subibaja melódico de las primeras tres palabras de “You're The One That I Want” es una inyección de dopamina. “Me dan escalofríos” dice la letra, redundando el significado; son canciones que se prestan a lo familiar, a lo ingenuo, a un retorno a otro… ‘perate… ¿Soy yo o en “Summer Nights” un personaje le pregunta a Danny Zuko (John Travolta) si forzó a Sandra Dee (Olivia Newton-John)? No, claro, debe ser jerga estadounidense de los cincuenta, era otro momento. Pero, ¡cómo es posible! ¿“Greased Lightnin’” dice que el auto está hecho para llevar a las chicas al orgasmo? Acá pasó algo y no fue sólo el tiempo.

“La regla de los veinte años”, también conocida en el barrio como “no tires ese pantalón que todo vuelve”, es una manera de describir la repetición en los ciclos de la moda. La regla refiere al momento en el que se llega a la juventud, cuando se inicia la búsqueda de una identidad un poco más duradera que la que construimos en la adolescencia. El material de investigación disponible es un tanto escaso: el pasado (cargado de sentimientos), el presente (un tanto abrumador) o la fantasía propia (solo para imprudentes). El pasado será entonces la principal fuente de inspiración; más específicamente, la nostalgia, arraigada en los relatos de quienes nos criaron. En el cine pasaría lo mismo, cuando directoras y directores jóvenes se aventuran a crear, muchas veces recurren a imágenes que han sido instaladas en la infancia: historias y estilos de la generación anterior.

Grease entra prolijamente dentro del paradigma de la regla de los veinte años: una película de los setenta homenajeando a los cincuenta, con el entusiasmo y la ingenuidad de quien no vivió la época, sino de quien ha escuchado fabulosas historias de sus maravillas. Hizo falta que mi amigo Achan no hubiera visto la película para que se rompiera el hechizo.

“Hoy la vemos”, dictaminé. “Bueno, supongo que es inevitable”, concedió, casi como un lamento. Partimos entonces de dos puntos de salida diametralmente opuestos: yo volvía a algo encantador y él estaba sentado, casi forzado, a ver esta ridiculez. Yo veía adolescentes en el secundario mientras él estaba atónito ante treintañeros fingiendo tener diecisiete. Donde yo veía a Danny Zuko y su banda, él me decía “¿por qué ese tiene una pistolita de agua? Esto tiene que ser en joda”. Y ahí mi mundo se dio vuelta. Grease es una parodia.

En mi recuerdo era una comedia genuina. Su excesiva inocencia era parte de su encanto. Al principio me resistí, traté de explicarle a mi amigo que tenía que ver con la regla de los veinte años de la que había leído al respecto, que no había malicia. Es más, yo había visto parodias que se burlaban de las letras de las canciones que, en su ingenuidad, decían barbaridades. Claro, eran parodias de parodias. Todo iba encajando. No era una película de gente que vivió y extrañaba los cincuenta, era de gente que fue forzada a escuchar sus maravillas. Yo recordaba a Sandy reflejada en el agua, cantando tristemente sobre su hombre. Lo que definitivamente no recordaba, y que me hizo notar Achan, era el momento en el que la cámara se aleja de ella, la deja ahí cantando sola… sobre una pelopincho. 

Grease parecía ser un bello encuentro entre la nostalgia de los cincuenta y el tono ya más ácido de los setenta inmiscuyéndose aquí y allá. Pero no, qué inmiscuirse ni inmiscuirse, ¡estaba por todos lados! Era puro ácido, pero que llegó a un público inmune a la sátira. Margaritas a los chanchos, hambrientos de nostalgia. Así, no hay pelopincho que alcance.

4/5/23

RK/RKay (2020)

La evolución del espejo

por Julia B.

RK/RKay - India, 2020, 98’, Hindi

Durante el segmento de preguntas y respuestas posterior a la función de RK/RKay (2020), a Rajat Kapoor, el director, le preguntaron sobre su inspiración para la película; la ridícula y eterna pregunta, que no hace más que forzar a les artistas a inventar puntos de inflexión entra la nada y la idea. Kapoor optó por obviar las respuestas ensayadas sobre el tributo al familiar muerto o la canción que dio origen a todo, o la discusión con su pareja que hizo que el guion se manifestara: "la verdad que no sé". Salteada hábilmente la consulta genérica, nos convidó con algo mucho más interesante que el nacimiento de la idea: su desarrollo. El guionista, director y protagonista habló entonces de una película primera donde el personaje se perdería en su propio espejo. Con un guion que se fue transformando a lo largo de los años, en RK/RKay el espejo se volvió proyección.

La premiere latinoamericana en el segundo día del Buenos Aires Festival de Cine Independiente (BAFICI) dio comienzo a la retrospectiva sobre Rajat Kapoor, actor consagrado y realizador pionero del nuevo cine independiente en India. La función fue introducida primero por el director del BAFICI, quien invitó a la audiencia no tanto a ver la película, sino a compartir el ir al cine tal como sucede en la India en estos momentos; tal como sucedía antes acá en Argentina, acorde a Javier Porta Fouz. En su entusiasmo por las vívidas imágenes que se llevó de la India supo contagiar esa recuperación de la alegría y el jolgorio que evocaba una salida al cine. Dio el micrófono al director, quien casi de modo cómplice esquivó también hablar de RK/RKay, permitiendo a la película contarse sola. Luego de unas breves palabras por el embajador de la India, comenzó la función.

En un juego de espejos doble, triple y hasta cuádruple, Rajat Kapoor interpreta a RK, el director de una película protagonizada por RK. Si en la idea original de Kapoor el que desaparecía era su reflejo, en RK/RKay lo que desaparece es su rastro. RK, el director, recibe un llamado desesperado del montajista de su película con la grave noticia de que Mahboob, el personaje principal, ya no se encuentra en el material filmado. Escena tras escena en la sala de edición, Mahboob brilla por su ausencia, dejando a su coestrella, Gulabo (Mallika Sherawat) con diálogos que caen en el vacío. El colorido estilo teatral del melodrama agudiza el contraste con el gris frío de un equipo de realización buscando soluciones concretas. El cálido romance pasional que rebalsa de luz batalla contra el pragmatismo inerte de cumplir con un deadline. RK y su equipo logran encontrar a Mahboob, tratando de subirse a un tren real con un boleto falso, y lo convencen de retornar a su mundo, obviando sabiamente que a su mundo Mahboob volvería para morir. Cuando logran llegar al set para dejar finalmente impresa la muerte trágica del héroe, Mahboob, ahora enterado de su propósito, elige abogar por su existencia. El choque entre las pasiones se manifiesta escena a escena, la energía reconcentrada de RK en darle el final macabro a su película y la energía expansiva de Mahboob que busca iluminar a cuánto y quiénes lo rodean.

En una puja de poder entre dirigirse y ser dirigido, RK y Mahboob luchan por llegar a su felicidad. El primero, moriría por su obra. El segundo, obraría por su vida. ¿Qué darías por recuperar tu reflejo?

23/2/23

Un nuevo tipo de realismo

Un nuevo tipo de realismo

por Julia B.

"¿Alguna vez notaron el placer de sacarse pan lactal del paladar sin las manos?" dice Luciano Mellera. 

El stand up una y otra vez logra encontrar esos gestos cotidianos y traerlos a la luz, hacer notar que esas acciones en piloto automático hacen a lo que son nuestras vidas. ¿Qué hace a algo realista? La captura de cualquier acción pequeña puede volverse un momento de conexión profunda e instantánea con la audiencia, como un acto de enajenación espantosa. Sabemos cómo se atiende un teléfono. O al menos creemos saber cómo se ve a alguien atender un teléfono. El movimiento puede percibirse natural o forzado. De ahí a que el gesto sea natural es otra cosa. Es cine, absolutamente todos los movimientos son forzados, coreografiados, ensayados. La clave reside en que como audiencia hemos aprendido a aceptar cierta artificialidad como cómoda. Nadie marca un teléfono de modo que sea claro ver los números, pero vemos la secuencia y aceptamos el código. Al no notar un gesto, al no sentirlo "forzado" o "actuado" podemos directamente pasar de largo. Esto no son los pequeños realismos, estas son representaciones aceptadas de esos actos. 

El humor observacional, ese donde vemos a Seinfeld empezar con "alguna vez notaron que..." tiene una particularidad: funciona si y solo si la experiencia es compartida al cien por ciento. Debe darse ese placer en la audiencia de sentir que ha sido espiada en su intimidad y en algo que ni sabía que hacía. Solo funciona si la audiencia ve un espejo ampliado. Para encontrar esos detalles, primero deben haber sido observados de cerca; casi siempre, transitados. 

Los pantalones deportivos de mujer en su gran, gran mayoría no tienen bolsillos. O si los tienen, son increíblemente ajustados. ¿Se pueden esquivar esos pantalones? Sí. Pero es la norma, pudiste haber encontrado tu nicho, pero lo más probable es que en algún momento de tu vida, si naciste mujer e hiciste deporte, hayas tenido que lidiar con calzas y con dónde carajo dejar el celular. Maggie Sherwode (Dakota Johnson) camina con Katie (Zoe Chao) y le suena el celular. Lo saca del bolsillo de su calza, frota la pantalla contra la calza y luego lo mira. Ese gesto. Sacarle el sudor a la pantalla del teléfono por tener que dejarlo enganchado entre la calza y la piel, teniendo que decidir si el dorso o el frente del teléfono es el que menos conviene exponerlo a la humedad. O si el dorso o el frente van a ser más susceptibles a resbalarse por la transpiración. La otra, cuando las calzas no están lo suficientemente ajustadas, ponerlo adentro del top. Mismas dudas. Ver a Dakota Johnson limpiar la pantalla del celular antes de atender fue un llamado de atención. Me sentí vista, pero en el momento no terminé de entender por qué. Por qué que el personaje secara el celular me generaba tanto placer. Por qué me resultaba tan novedoso de ver. Sentí que nunca en mi vida había visto a nadie en ninguna película realizar ese gesto, pero al verlo sentí una memoria casi muscular. Vi el espejo. Lo comenté con mi madre y también se sintió interpelada. Eventualmente llegué a la conclusión de que eran Nisha Ganatra (la directora) y Flora Greeson (la guionista) comentando "yo también tuve que lidiar con calzas". 

Siempre que una película dirigida/escrita por una mujer me interpela de modos novedosos me siento incómoda. Porque siento que no tendría por qué, que no somos un monolito, que hay muchas maneras de ser. Pero hay algo que se relaciona directamente con la experiencia vivida. Seguro que hay gente creativa que logra capturar ese gesto sin haber tenido que lidiar con calzas y faltas de bolsillos. Pero por algún motivo no lo ponen en sus películas. Y no que todas las realizadoras lo hagan, si no de vuelta volvemos al monolito. Me gustaría decirle a esos momentos "pequeños realismos". Reflejos exactos de la vida cotidiana que aun no han ingresado al código de la representación. Dicho en menos difícil: gestos que no vimos antes en el cine, pero que vemos en la vida. The High Note (2020) no es una película realistas, y claramente no busca serlo. Pero se le escapa la observación sobre su cotidianeidad. No sé si detrás de ese gesto hubo una discusión o una decisión o le dijeron a Dakota "hacé lo tuyo, reina", pero hubo una transgresión. Así no se contesta el celular en una película. Así no se contestaba. Ahora ya se puede, ingresó al código. Ha sido visto, al menos yo lo vi. Síganme enseñando las cosas que hago y no veo, que para eso el cine se mira.