28/6/23

Grease (1978)

Grease, una nostálgica ventana al pasado

por Julia B.

Vi Grease (1978) por primera vez cuando tenía diez años y la amé. Las canciones ya eran parte de mi repertorio incluso antes de conocerlas; “We Go Together”, el número final, se sintió tan natural como respirar. El subibaja melódico de las primeras tres palabras de “You're The One That I Want” es una inyección de dopamina. “Me dan escalofríos” dice la letra, redundando el significado; son canciones que se prestan a lo familiar, a lo ingenuo, a un retorno a otro… ‘perate… ¿Soy yo o en “Summer Nights” un personaje le pregunta a Danny Zuko (John Travolta) si forzó a Sandra Dee (Olivia Newton-John)? No, claro, debe ser jerga estadounidense de los cincuenta, era otro momento. Pero, ¡cómo es posible! ¿“Greased Lightnin’” dice que el auto está hecho para llevar a las chicas al orgasmo? Acá pasó algo y no fue sólo el tiempo.

“La regla de los veinte años”, también conocida en el barrio como “no tires ese pantalón que todo vuelve”, es una manera de describir la repetición en los ciclos de la moda. La regla refiere al momento en el que se llega a la juventud, cuando se inicia la búsqueda de una identidad un poco más duradera que la que construimos en la adolescencia. El material de investigación disponible es un tanto escaso: el pasado (cargado de sentimientos), el presente (un tanto abrumador) o la fantasía propia (solo para imprudentes). El pasado será entonces la principal fuente de inspiración; más específicamente, la nostalgia, arraigada en los relatos de quienes nos criaron. En el cine pasaría lo mismo, cuando directoras y directores jóvenes se aventuran a crear, muchas veces recurren a imágenes que han sido instaladas en la infancia: historias y estilos de la generación anterior.

Grease entra prolijamente dentro del paradigma de la regla de los veinte años: una película de los setenta homenajeando a los cincuenta, con el entusiasmo y la ingenuidad de quien no vivió la época, sino de quien ha escuchado fabulosas historias de sus maravillas. Hizo falta que mi amigo Achan no hubiera visto la película para que se rompiera el hechizo.

“Hoy la vemos”, dictaminé. “Bueno, supongo que es inevitable”, concedió, casi como un lamento. Partimos entonces de dos puntos de salida diametralmente opuestos: yo volvía a algo encantador y él estaba sentado, casi forzado, a ver esta ridiculez. Yo veía adolescentes en el secundario mientras él estaba atónito ante treintañeros fingiendo tener diecisiete. Donde yo veía a Danny Zuko y su banda, él me decía “¿por qué ese tiene una pistolita de agua? Esto tiene que ser en joda”. Y ahí mi mundo se dio vuelta. Grease es una parodia.

En mi recuerdo era una comedia genuina. Su excesiva inocencia era parte de su encanto. Al principio me resistí, traté de explicarle a mi amigo que tenía que ver con la regla de los veinte años de la que había leído al respecto, que no había malicia. Es más, yo había visto parodias que se burlaban de las letras de las canciones que, en su ingenuidad, decían barbaridades. Claro, eran parodias de parodias. Todo iba encajando. No era una película de gente que vivió y extrañaba los cincuenta, era de gente que fue forzada a escuchar sus maravillas. Yo recordaba a Sandy reflejada en el agua, cantando tristemente sobre su hombre. Lo que definitivamente no recordaba, y que me hizo notar Achan, era el momento en el que la cámara se aleja de ella, la deja ahí cantando sola… sobre una pelopincho. 

Grease parecía ser un bello encuentro entre la nostalgia de los cincuenta y el tono ya más ácido de los setenta inmiscuyéndose aquí y allá. Pero no, qué inmiscuirse ni inmiscuirse, ¡estaba por todos lados! Era puro ácido, pero que llegó a un público inmune a la sátira. Margaritas a los chanchos, hambrientos de nostalgia. Así, no hay pelopincho que alcance.